Desde anoche he estado viendo el video de Punch, el pequeño mono que fue rechazado por su madre y que ahora se aferra a un muñeco de felpa como si fuera su único refugio.
Muchos lo comparten por ternura. Otros por indignación.
Yo lo observo desde la psicología del desarrollo.
Y lo que veo no es solo una escena conmovedora.
Veo un sistema nervioso intentando sobrevivir.
Cuando una cría es rechazada por su madre, no experimenta únicamente tristeza. Experimenta amenaza. En términos biológicos, el vínculo con la figura primaria es el principal regulador del estrés. Sin esa figura, el organismo entra en estado de alerta.
Punch no se aferra a un muñeco por capricho.
Se aferra porque necesita una fuente de seguridad.
La ciencia ya había mostrado esto mucho antes de que existieran las redes sociales. En los años 50, el psicólogo Harry Harlow realizó experimentos con crías de monos rhesus. Les ofreció dos “madres”: una de alambre que proporcionaba alimento y otra de tela suave que no alimentaba, pero ofrecía contacto. Las crías elegían pasar la mayor parte del tiempo con la madre de tela. Solo acudían a la de alambre para comer y regresaban rápidamente al contacto suave.

Experimento del apego de Harry Harlow (1958): una cría de mono rhesus se aferra a la madre sustituta de tela, evidenciando que el contacto y el consuelo son necesidades emocionales primarias en el desarrollo.
Aquello fue un hallazgo contundente: el apego no se basa solo en la alimentación. Se basa en la necesidad de contacto, seguridad y regulación emocional.
Años antes, René Spitz había observado algo igual de impactante en orfanatos. Niños que tenían alimento y cuidados básicos, pero carecían de una figura afectiva estable, desarrollaban lo que denominó depresión anaclítica: retraimiento, pérdida de peso, retrasos en el desarrollo y, en algunos casos, consecuencias graves para su salud.

Posteriormente, John Bowlby integró estos hallazgos y formuló la Teoría del Apego, planteando que los vínculos tempranos constituyen un sistema biológico de supervivencia. No son un lujo emocional. Son una necesidad estructural del desarrollo humano.

Por eso, cuando vemos a Punch aferrarse a su muñeco, estamos presenciando algo más profundo que una imagen tierna. Estamos viendo la activación de un mecanismo adaptativo: buscar proximidad, buscar consuelo, buscar regulación.

Y esto no ocurre solo en monos.
Ocurre en niños que se apegan intensamente a objetos cuando sienten inseguridad.
Ocurre en adolescentes que buscan desesperadamente pertenencia.
Ocurre en adultos que repiten vínculos ansiosos intentando llenar vacíos tempranos.
El apego no resuelto no desaparece. Se transforma.
La historia de Punch nos confronta con una verdad incómoda: la presencia emocional de mamá y papá no es opcional en el desarrollo. El contacto, la contención y la seguridad moldean la arquitectura cerebral y la forma en que nos relacionaremos el resto de la vida.
Quizá por eso este video ha tocado tantas fibras.
Porque, en el fondo, todos reconocemos lo que significa buscar refugio cuando falta quien debía sostenernos.
El apego no es un lujo.
Es una necesidad biológica.
Y cuando falta, el corazón —y el cerebro— encontrarán cualquier forma de intentar sobrevivir.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué ese monito se aferra a un muñeco.
La pregunta es:
¿qué vacíos afectivos estamos intentando llenar los seres humanos cuando buscamos desesperadamente seguridad en donde no la hubo?
—
Josinell Martínez
Neuropsicóloga Clínica
Especialista en Neurodesarrollo
Referencias bibliográficas
Bowlby, J. (1969). Attachment and Loss. Vol. 1: Attachment. New York: Basic Books.
Harlow, H. F. (1958). The nature of love. American Psychologist, 13(12), 673–685. https://doi.org/10.1037/h0047884
Spitz, R. A. (1945). Hospitalism: An inquiry into the genesis of psychiatric conditions in early childhood. The Psychoanalytic Study of the Child, 1, 53–74.
Spitz, R. A. (1946). Anaclitic depression. The Psychoanalytic Study of the Child, 2, 313–342.
Hasta la próxima folk